Literatura argentina
Horacio Quiroga: cuando la selva habla en sus cuentos y en el cine
Un recorrido por la obra del escritor uruguayo-argentino, su vínculo con la selva misionera y la adaptación cinematográfica de sus relatos en "Prisioneros de la tierra".
En los cuentos de Horacio Quiroga la naturaleza se expresa por sí misma: los personajes son el escenario, y el calor, la vegetación, los animales y las lluvias diluvianas son los actores. Quiroga logra ese efecto porque parte de su vida transcurrió en esos ámbitos hostiles. Como Hemingway, necesitaba de las experiencias, de poner el cuerpo para escribir.
Hay una enseñanza escolar que transmitieron a muchas generaciones algunos de sus cuentos más famosos, como "El almohadón de pluma" o "La gallina degollada", del libro "Cuentos de amor locura y muerte" (1917). Sin embargo, años más tarde apareció "Los desterrados" (1926), que recopila cuentos publicados en diarios y revistas. Según el crítico Emir R. Monegal, es su obra "más compleja y equilibrada".
En 1903, Leopoldo Lugones invitó a Quiroga, en calidad de fotógrafo, a una expedición a las ruinas jesuíticas de Misiones. Fue el comienzo de una nueva etapa en su vida y su literatura. Entre idas y vueltas a Buenos Aires, decidió radicarse en San Ignacio junto a su pareja de entonces, Ana María Cires, una exalumna del escritor. La relación no escapó al escándalo porque él contaba con 30 años y ella con 16. Tuvieron dos hijos y una vida signada por la tragedia.
Quiroga en la selva se transformó: dejó sus ropas de dandy europeo y se abandonó a los instintos del paisaje. Su experiencia empezó a notarse en "Los perseguidos", "A la deriva" y "Un peón", entre otros cuentos. En línea escribe "Los mensú" para contar la explotación de los trabajadores de la yerba mate. Los hombres eran reclutados como esclavos y trabajaban de sol a sol.
"El regreso de Anaconda" es un cuento que abre "Los desterrados". Se trata de una joven serpiente que planeó la reconquista del río invadido por el hombre. La empresa significaba "infectar" el río de camalotes y alimañas para espantar a los hombres. Aunque el tono de venganza no se disimula, hay en Anaconda un gesto de cierta ética: un mensú herido de muerte en el río, las serpientes le piden que lo mate, pero ella se niega y deja que el hombre muera en paz.
En 1939, el director de cine Mario Soffici estrenó "Prisioneros de la tierra", con las actuaciones de Francisco Petrone, Ángel Magaña y Elisa Galvé. El filme se basó en cuentos de Quiroga, como "El peón" y "Los destiladores de naranjas". Con guion de Ulyses Petit de Murat y Darío Quiroga, hijo del escritor, el estreno fue un suceso de espectadores y críticas. Lucio Demare compuso la música. Significó la irrupción de la crítica social, temática que por entonces no era transitada por la mayoría de los realizadores.
Según los especialistas Soledad Pardo, Alejandro Kelly y Ana Laura Lusnich, "Soffici eligió una mirada naturalista y trágica. El litoral argentino: un lugar de fatalismo inescapable". La película sufrió el extravío de las copias y el deterioro del soporte por abandono. Hasta que un grupo de instituciones nacionales e internacionales se pusieron en la tarea de restaurarlas. Entre los responsables figuraron The Film Foundation de Martín Scorsese y el Museo del Cine de la ciudad de Buenos Aires. Hallaron copias de 35 milímetros en la Cinemateca Francesa y el Archivo de la República Checa.
La cinta restaurada fue reestrenada con honores en el festival de cine de Mar del Plata y tuvo un recorrido por distintas muestras internacionales. Es considerada una de las mejores películas argentinas. Scorsese afirmó: "Es una obra impresionante y un hito en el cine mundial", y citó a Borges, que escribió en la revista Sur que "Prisioneros…" "es bueno, y aún muy bueno este filme".